divendres, de setembre 06, 2013

(sol)edad

La insistente y lenta repetición de su diafragma promovía finos arcos en el agua. Cada fragmento de vida generaba una fina ola, cada intercambio de oxígeno en sus alvéolos, una perfecta onda en expansión por la lisa superficie de la bañera. Hercio de Arquímedes -pensó- e hizo un quiebro de sonrisa que se truncó a medio camino entre su cerebro y su alma. 


Había preparado el baño con ese detalle con que se viste la mesa los domingos, o quizá con la contenida alegría de la marchita beata que prepara el altar para la misa. Le gustaba la solemnidad de los rituales con todos sus componentes: lujo (abrió una Radeberger Pilsener del minibar), emoción (escogió a Sílvia Pérez Cruz en la lista de reproducción de su ordenador portátil), tradición (añadió jabón con esencia de naranja al agua) y orden (no fumó porque en ese hotel no estaba permitido). Era su premio después de una intensa semana de trabajo lejos de casa.

Hizo un quiebro de sonrisa pero la tristeza le vino encima como un zarpazo, salvaje. De repente sintió que toda la delicadeza de su ritual no le hacía sentir nada. Su gozo no existía si nadie podía contemplar la escena, si ni siquiera podía contarlo a alguien. Se supo espectador de si mismo y no le pareció ridículo, ni divertido. No se puso a llorar ni se levantó para secarse.

La tristeza le vino encima como un zarpazo y le gustó. La soledad (física y literal, el silencio, la lenta viscosidad de los minutos), la soledad le vino a recordar que estaba vivo. Terminó la sonrisa que se debía. Salió del agua con ganas de enamorarse del espejo empañado del baño y de contemplarse fumando a la orilla del Elba.