dissabte, d’octubre 31, 2009

Credo


Agnóstico. Ateo. Incrédulo. Descreído... No podía perfilar los límites de su propia fe. Es complicado construir los bordes de lo inexistente, suponía. De cualquier modo, su ética necesitaba estímulos de vez en cuando. Aunque estudió bajo el manto semiopaco de la doctrina católica, aprendió cosas importantes en la escuela. Ser buena persona ayuda a ser feliz. Cada uno da lo que recibe (discrepaba con Drexler respecto al anverso de la frase). Suponía que de algún modo el mensaje de Jesucristo era columna vertebral de su modo de sentir (y de sentirse culpable). Aunque pensaba también que ese hombre, en caso de haber existido, había sido un carpintero lunático con pocas ganas de trabajar, eso justificaba aún más su simpatía por él. Simplemente basaba sus acciones en el principio egoísta que usaban los curas parcos en palabras: hacer a los demás lo que deseas para ti. Pero no podía evitar mirar hacía arriba pidiendo clemencia algunas veces. Cuando se aburría de ver como el mundo subrayaba las cosas que hacía mal pero que nadie parecía darse cuenta de las que hacía bien, necesitaba meterse en la cama recitando una oración implícita. Necesitaba creer en algún ser magnánimo que lo observara desde su sofá celestial anotando rallitas en la casilla de buenas acciones. Se dormía con la gelatinosa esperanza de que aquél día hubiera ganado el punto que le faltaba para ser, finalmente, recompensado.

Tener fe por la mañana le resultaba algo más complicado...