dissabte, de setembre 26, 2009

A fondo


Ja no es fan entrevistes així. De fet, si m'hagués de regir pel que la TV aboca dins dels nostres menjadors, seria fàcil pensar que ja no queden personatges així.

Estic parlant del programa A Fondo que dirigia i presentava Joaquín Soler Serrano quan jo encara no havia nascut i la tecnologia imposava la moda del blanc i negre. No és la primera vegada que la programació de BTV em fa treure el barret. Fa temps vaig comentar el deliciós programa Banda Sonora. Però, a part de fer programes ben fets (paréntesi per lloar al Gran Monegal, amén!) tenen el bon gust de reemetre produccions com L'escurçó Negre, 'Allo 'Allo!, Els Joves... Vaja, totes aquelles sèries que la gent de la meva generació va desitjar que no acabessin mai.

Però avui m'ha mogut a escriure la seva valentia en reemetre entrevistes d'una hora de rellotge, sense colors, sense musiquetes, sense concursos per sms, sense brometes ni ninots ni castells de foc. Simplement un bon entrevistador amb bones preguntes per a un personatge una miqueta més interessant que Belén Esteban: Jorge Luís Borges, Severo Ochoa, Salvador Dalí, Josep Pla ... No seré jo qui faci una análisi sobre l'audiència televisiva. Ni faré un discurs que em faci vergonya haver escrit si m'enganxeu un dia mirant el Diario de Patricia. Però tots sabem que entrevistes com les de A Fondo no tenen audiència avui en dia.

Sigui com sigui, escoltar aquests personatges parlant distesament sobre la seva experiència vital, o donant la seva opinió sobre temes externs a la seva biografia, val la pena. Alliçona. Gràcies a aquelles entrevistes, avui he pogut escoltar a Severo Ochoa parlant de problemes que avui són els meus problemes o són solucions que no havia valorat prou. Són documents de televisió que podrien tenir una entrada a l'enciclopèdia. Haurien.

Em pregunto si d'aquí 30 anys algú reemetrà algun programa d'avui en dia sense apel·lar a la nostàlgia o al fàcil jajajiji dels canvis en la moda i els estils.

dijous, de setembre 03, 2009

(Versión extendida)

Los girasoles que atendían arrugados a las charlas de las mesas se volvieron a su paso anunciando su llegada. Pol no pudo evitar levantar los ojos del libro y que sus pupilas se sincronizaran con la ola que viraba de verde a amarillo a largo del pasillo del bar Majestic.
A Pol le gustaba desayunar en ese bar cuando visitaba Oporto. Reconocía que quizá el aire bucólico de los espejos y las lámparas de araña era un poco artificial. Pero al fin y al cabo, eso le permitía comportarse como un personaje de novela francesa y fumar a lo sombrero y gabardina sin sentirse demasiado ridículo.
Juana había llegado esa misma mañana de Rosario con su Nikon Coolpix P6000 y, paseando por el barrio viejo, le gustó la luz de ese local con mesas de mármol. Entró distraída mirando el resultado de su última foto y se dirigió directamente hacía la última mesa.
Pol forzó cara de indiferencia e intentó proseguir con su lectura para no parecer un simio en celo. Pero durante siete páginas de espectacular prosa chilena no logró entender una sola coma. La chica de espalda descubierta le estaba volviendo loco. Enroscaba su cabello rojizo y bebía café a sorbitos como si lo hubiera ensayado durante décadas. Sólo para que él pudiera mirarla. Por debajo de la mesa, su imaginación galopaba desde los tobillos hasta más allá de donde la sombra escondía el final de sus piernas: anotó en un margen del libro “su piel era el material con el que se fabrica el deseo”. Supo en ese momento que si supiera escribir como Bolaño (cuánto le gustaría), él lo aprovecharía para contar algo en sus cuentos. Quizá podría impresionar a una mujer como ella si le dedicara las mejores frases jamás escritas…
Ella guardó su cámara después de sentarse y pidió un café frappé sin leche y sin azúcar pero con una sonrisa que ruborizó al joven camarero. Sacó un bloc de papel blanco y alzó la vista como buscando en las paredes del local las palabras justas para describirlo. Lo vio sentado en la última mesa que el sol iluminaba, con su aire confortable y los platos ya vacíos de lo que fue su desayuno. Le gustaron sus manos fuertes pero precisas manejando el lápiz, sosteniendo el cigarrillo hacia sus gruesos labios. Imaginó su aire atractivo de hombre que goza de las buenas cosas sin prisa, su piel morena, su camisa de lino, sus ojos verdes, lo imaginó a él en la foto superior derecha de la primera página de la sección ocio de la guía. Escribió en su bloc: “Los céntricos cafés de la ciudad son un lugar perfecto dónde encontrar guapos y solitarios viajeros con quien…” se le colorearon las mejillas. Se sorprendió deseando el tacto de sus manos subiendo por sus piernas, acariciándole la espalda, sus ojos penetrantes mirándola fijamente.
Sus ojos la miraban fijamente cuando ella levantó la vista como nerviosa y lo miró sin disimulo. Se levantó de su mesa y se dirigió directamente hacia él. Un remolino de latidos desacordes le subieron del estómago hasta las orejas. Sintió una leve sensación de mareo, como de flotabilidad. Juana se presentó como reportera y le propuso ser modelo allí mismo y en ese mismo momento para su guía de ciudades del mundo. Pol se presentó como periodista intentado ser escritor y aceptó ser modelo a cambio de compartir cena cerca del río esa misma noche. Todo pasó rápido, como desbocado: conocieron sus nombres, sus voces y su olor, se dieron la mano y dos besos, las fotos, la hora y el lugar de la cena. Él usó su reloj como excusa para irse. Pagó su cuenta y la de la señorita del fondo (así se hacía en las novelas francesas) y se despidió de lejos levantando la palma abierta a la altura del pecho, como invocando de nuevo su tacto. Ella extendió sus dedos ligeros y después cerró el puño delicadamente, como guardando la promesa de volverlo a ver.
El sol se apagaba al otro lado de la ribera del Duoro cuando ella lo fue a encontrar. Pol esperaba sentado en la mesa con una copa de vino dulce y el viento amable del río meciéndole el cabello. Juana se había recogido el pelo y lucía un vestido negro de caída sincera. Pol se puso en pie a su llegada, la besó una sola vez sujetándola levemente por la cadera y susurró con voz grave me alegro de verte. Ella respondió acercándose un poco más, casi rozando su cuello: y yo. Estaba impaciente.
Sabedores de la tendencia al exceso que usan y exhiben los portugueses al llenar los platos, compartieron un bacalao grelado con patatas y una botella de vinho verde con la clara intención de reservar energías para el dulce y el postre. La primera risa se desató cuando él sugirió que esa era una curiosa versión de la Dama y el Vagabundo. Ella, quizá para disipar la posibilidad de tener que comerse el bacalao sorbiendo por un extremo, deslizó su pie por el interior de la pierna de Pol. Le hizo hervir la sangre que él la mirara directamente a los ojos y se mordiera el labio inferior. Cuando recuerdan ese momento, los dos saben que no hubieran terminado de cenar si no hubiera sido por la bienintencionada pero inoportuna irrupción del camarero preguntando por la satisfacción de sus comensales. Lejos de ruborizarse, Juana fue subiendo su zapato de tacón por la pierna de Pol mientras éste elogiaba la comida en un portugués fluido. El joven camarero intuyó finalmente que la comida era poco importante en ese momento y se fue dejando discretamente la carta de postres. Pol agarró con fuerza el tobillo de Juana por debajo de la mesa. Deslizó la otra mano a la largo de su pierna, extendiendo los dedos para que notara su fuerza, su deseo. Por encima de la rodilla, su tacto encontró el encaje del final de la media. De pronto su cerco se tornó una caricia casi burlona. Pol miraba a Juana, Juana miraba a Pol que lentamente fue avanzando más allá de la frontera entre la seda y la piel erizada y trémula de Juana. Él sonrió al darse cuenta que el grupo de universitarios que cenaban en la mesa del fondo seguían la escena. Soltó el tobillo, se incorporó a la mesa y la besó lenta y profundamente, empapándose los labios, acariciándole el cuello y el contorno de la oreja, sintiendo como sus respiraciones se sincronizan. Los chicos aplaudieron con mucho alboroto. Los dos empezaron a reír antes de acabar el beso. Fue ella quien se levantó de la mesa parodiando un enfado muy argentino. Se alejó con el pretexto de ir al baño mirando fijamente a los púberes que bajaron sus cabezas sobre los platos y enmudecieron. Justo antes de entrar en los baños le dedicó una sonrisa de triunfo a Pol que sonrió sorbiendo un poco más de vino.
Volvió del baño con el pelo suelto, ocultando una segura y enigmática sonrisa. Se acercó y rodeó la mesa hasta situarse a la espalda de Pol, a quien la flexibilidad del cuello no le permitió seguirla con la mirada. Juana introdujo su mano en el bolsillo de su pantalón y le susurró la cena está pagada, vámonos ahora. Él apenas tuvo tiempo de limpiarse la boca con la servilleta. Ella tiraba de su mano en dirección al río. Por el camino no hablaron hasta que Pol pudo comprobar que dentro del bolsillo de su pantalón había una escasa y finísima prenda de encaje negra: espero que dentro de ese saco lleves tu cámara porque vas a tener que hacer fotos.
Cuando él la ayudó a subir el último tramo de escaleras, Juana se descalzó para poder correr hasta la mitad del Puente Eiffel. Pol avanzó lentamente con mirada desafiante bajo la lluvia de fotografías y risas que travesaban el tramo, cada vez más corto, que les separaba. Cuando la distancia focal fue imposible con ese objetivo, ella soltó la cámara para responder al beso. Le desabrochó la camisa para poder acariciar su torso, su espalda, sus fuertes brazos. Pol giró entorno a su cuerpo y, besándole la nuca, ordenó que siguiera haciendo fotos. Juana aceptó el juego y se apoyó contra la valla protectora enfocando, por ejemplo, el reflejo de la luna sobre el agua. La excitaba sentirse atrapada entre la noche y su cuerpo. Sus manos subían por sus piernas levantando el vestido, amasando su piel tersa. Las puntas de sus dedos rozaban sin tocar los límites de su deseo. Juana sentía su sangre hervir cuando Pol, tras mostrarle el contenido de su mano, tiró al río las bragas de encaje negro y sus boxers plateados. La cámara no cesó su testigo intermitente ni cuando su boca le mordió levemente la oreja. Dejó caer su cabeza hacía atrás para fotografiar el cielo, para ofrecer sus pechos. Finalmente Pol rebasó las fronteras del juego, se encontraron sus lenguas, sus manos, sus sexos. Mirando el río empezaron a derretirse uno dentro de la otra. Él pudo adueñarse de esa espalda que le obsesionó en el viejo café. Ella pudo morder sus labios gruesos, besar su abdomen, agarrar su culo. La noche se escurrió entre los poros de su piel. Oporto y Vilanova do Gaia amanecieron unidos por el insomnio de un puente de metal, las aguas del Douro pasearon el ardiente olor de su encuentro por su ribera hasta el océano.
Unos meses después salió al mercado “Rincones de Portugal dónde hacer el amor”. Doscientas páginas con fotos movidas de varias ciudades, acompañadas de relatos explicativos. Un éxito de ventas.